Resumen
En una pequeña aldea, vivía una niña bondadosa llamada Little Aida. Aida amaba especialmente las flores silvestres y siempre disfrutaba de recoger flores para adornar su cabello o decorar su casa. Alrededor de ella se extendían hermosos campos de flores, y jugar en ellos era su alegría diaria.
Un día, mientras paseaba recogiendo flores como de costumbre, exclamó: “¡Qué escena tan rara!” Frente a ella aparecieron los espíritus de las flores. Uno de los espíritus dijo: “Aida, tu bondad me ha conmovido. Te haré un regalo especial.”
Aida, con los ojos brillantes, preguntó: “¿De verdad?” Entonces, los espíritus sonrieron y dijeron: “Las flores que amas te otorgarán un color y una fragancia especiales solo para ti. Ahora, usa esas flores para compartir alegría con la gente del pueblo.”
Aida, muy contenta, llevó las flores a casa y las esparció entre los aldeanos. “¡Todos, miren! ¡Mis flores son especiales!” Los aldeanos se llenaron de alegría y le dijeron: “¡Gracias, Aida!”
Sin embargo, gradualmente Aida comenzó a sentirse complacida con su belleza y su poder especial, y empezó a monopolizar las flores diciéndose: “¡Son solo mías!” Entonces, en lo profundo de su corazón, comenzaron a brotar celos y arrogancia.
En ese momento, los espíritus aparecieron y dijeron: “Aida, recuperaremos ese regalo. Mientras tengas un corazón que quiere monopolizar, las flores volverán a su color y aroma normales.”
Aida se sorprendió en ese instante. “¡No, mis flores se perderán!” Lágrimas comenzaron a caer de sus ojos. Al darse cuenta del valor de las flores que había perdido, Aida reflexionó sobre su corazón. “Debo compartir con los demás.”
Entonces, decidió cambiar de corazón y gritó: “¡Quiero compartir la felicidad con los demás nuevamente!” Los espíritus sonrieron y dijeron: “Si abres tu corazón, te otorgaremos nuevamente las flores especiales.”
Aida disfrutó de las flores con la gente del pueblo y se llenó de alegría desde el fondo de su corazón: “¡Las flores deben compartirse entre todos!” Y aprendió que la verdadera felicidad nace de un corazón que se preocupa por los demás.
Así, Aida fue creciendo y madurando.
















